El humor mexicano es celebérrimo. Y ¿cómo no va a serlo si nos burlamos hasta de la muerte? Es más, tenemos la capacidad de hacer mofa de las peores tragedias sin importarnos herir susceptibilidades o faltar al respeto al dolor ajeno.

Un ejemplo muy manifiesto es el de los terremotos del 19 y 20 de semptiembre de 1985. No había pasado un mes tras la peor tragedia natural sufrida en la historia reciente de este país, cuando empezaron a surgir los chistes: Que si se iba a celebrar un partido de futbol entre los Polvorones del centro vs los Dorados de San Juanico, que si la Ciudad de México era ahora una dona… en fin, humor negro para aminorar los efectos del trauma.

No faltaron tampoco los cuentos después del 11 de septiembre, ni tras la digna representación  de Roberto Madrazo en el maratón de Berlín, o cuando a Fox lo chamaquearon con aquel “Comes y te vas.” Cualquier ocasión es buena para reír un poco a costillas del prójimo.

Otro aspecto de la capacidad humorística de los mexicanos es el de considerarse más ingenioso, fuerte, osado y sobretodo macho que cualquier extranjero. Hay miles de chistes que empiezan con: “Estaban un gringo, un japonés y un mexicano en…” El contexto y las nacionalidades pueden variar, pero siempre el mexicano demuestra superioridad frente a sus contrincantes. Me pregunto yo: ¿No será que tratamos de compensar un complejo de inferioridad?

Tal vez el amable lector ha notado que en estas épocas se registran más niños Michaels que Migueles, más Jonathans que Juanes, más Sheylas, Denisses, Julies, Jeannettes y Deyaniras que Guadalupes. Esta tendencia se debe precisamente a que vemos mejor y más atractivo lo extranjero que lo nacional. Es mucho más pomposo que un hijo se llame Brian Gutiérrez (aunque a veces lo escriban Brayan) a que  ostente cualquier otro nombre de pila latino.

En el ambiente literario, ya Luis Spota nos prevenía sobre los peligros de este complejo en su novela Paraiso 25, así como Octavio Paz en el Laberinto de la soledad. Aunque, si meditamos un poco, esto nos viene de mucho antes. Si los españoles fueron capaces de inventar todo un intrincado sistema de castas en las que ser español era lo único deseable y de ahí cualquier mezcla lo hacía bajar a uno en el escalafón de la cadena alimenticia colonial. Ya me imagino el orgullo que un saltapatrás habrá sentido de su condición.

Siglos después, tras la independencia, sufrimos invasiones injustas y mutilaciones que más bien convocaron al patriotismo, como cuando las armas nacionales de cubrieron de gloria el 5 de mayo de 1862. Los indígenas Zacapoaxtlas vencieron al ejército francés… eso sí hay que celebrarlo.

Irónicamente, uno de los principales combatientes en la Batalla de Puebla, Porfirio Díaz, nos afrancesó, o por lo menos a las 20 familias que formaban la alta sociedad porfiriana. La excepción sin lugar a dudas fue Benito Juárez.. ese de plano fusiló al güero invasor.

Reflexionemos entonces la próxima vez que escuchemos un chiste: ¿Nos estamos riendo de nosotros mismos?

Saludos y hasta la próxima.

PGF

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