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Hace un par de años caminaba tranquilamente por un centro comercial, cuando me abordó una jovencita solicitando unos minutos para hacer una encuesta, a lo que accedí. Entre otras preguntas, me pidió mencionar a los candidatos a la gubernatura del Estado de México. Con la tranquilidad que me daba el conocer la respuesta, enuncié pomposamente: “Claro, son Alejandro Encinas, Luis Felipe Bravo Mena y … Erubiel Durazo.” Como diría Condorito: plop.

Lo único que me consuela del monumental oso estadístico que protagonicé es que algo semejante le ocurrió al personaje de tiras cómicas más beisbolero de la historia, Charlie Brown. Un día, Charlie participaba en uno de esos concursos de deletrear palabras que hacen en las escuelas norteamericanas. En su primer turno, Charlie tiene que deletrear “MAZE” (laberinto, se pronuncia meis). Es una palabra fácil, por lo que respondió, también pomposamente: “M-A-Y-S.”

La diestra pluma de Charles M. Schulz había unido al mejor pelotero de su tiempo, Willie Mays, con el peor de la historia, Charlie Brown. Este introspectivo niño de aproximadamente ocho años fue mánager-jugador de su equipo de béisbol. La tira cómica se publicó entre 1950 y el año 2000. En ese lapso, el equipo obtuvo solamente ocho victorias, cuatro de ellas en ausencia del mánager y dos por forfeit. Son muy comunes las escenas de un solitario Charlie Brown parado en el montículo, que luego vuela por los aires tras el hit que le conectaron, o lamentándose por otra derrota.

En el jardín central, jugaba la caprichosa Lucy Van Pelt, quien no atrapaba un elevado ni de chiste, pero que un día bateó un jonrón porque Schroeder, el cátcher, le prometió darle un beso, cosa que nunca sucedió. El short stop era Snoopy, el perro de raza Beagle; Linus, con todo y su cobijita, estaba en segunda; en tercera jugaba un niño que siempre estaba cochino, Pig Pen. A veces Snoopy invitaba a Woodstock, el pequeño pájaro amarillo a jugar, como una vez que las niñas decidieron darle prioridad a una fiesta de té y como no había quien cubriera los jardines, Snoopy invitó a Woodstock y a otros dos amiguitos emplumados.

Tan malo era Charlie Brown, que una ocasión en la que Peppermint Patty (quien estaba enamorada de él) pitchó un juegazo sin hit ni carrera y el equipo tenía una comodísima ventaja de 50-0, la generosa niña permitió a Charlie Brown lanzar en la novena entrada, con dos outs y dos strikes en la pizarra. Grave error, pues al final perdieron el juego 51-50.

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Peanuts (Cacahuates) llegó a ser publicada en 2,600 periódicos y leída en 40 idiomas por 355 millones de personas en 75 países, incluido el nuestro. Sin duda, una de las tiras cómicas más influyentes del siglo XX que también tuvo su incursión televisiva. Tras la muerte de su autor, la viuda de Schulz abrió un museo dedicado a la obra de su esposo en Santa Rosa, California.

A pesar de su inteligente sentido del humor, Peanuts no fue solamente una tira cómica. Charlie Brown representa en una forma muy elegante, el espíritu de un niño que no se da por vencido a pesar de las adversidades. Tiene mala suerte, sufre de ansiedad y de inseguridad, todo le sale mal y sin embargo mantiene viva la esperanza de salir con la pequeña niña pelirroja de quien está enamorado, de hacer volar un papalote y ¿por qué no? de ser respetado y admirado como su héroe Willie Mays.