“Es el miedo. Yo lo conozco bien. Es un íntimo amigo mío.” Juan Belmonte

La fiesta taurina es inconcebible sin la muerte, está manifiesta en todo el festejo como una presencia constante por la alternativa que representa: el triunfo o la cornada. Dirá el lector que queda la opción de armar la bronca, de brincar al callejón como manso perdido, o como decía Don José Alameda: “Un paso adelante y puede morir el hombre. Un paso atrás y puede morir el arte.” Pero echarse para atrás no es toreo, como tampoco lo es dar trapazos con el pico de la muleta a toros cómodos y ante un público complaciente de ignorancia, los villamelones.

El riesgo es una herencia sangrienta de la fiesta. Me pregunto, ¿qué es la sangre? sino un salvoconducto del que se vale la verdad para manifestarse. Arranca el olé profundo y sacia la sed terrible de la multitud; pero también tiñe capotes, taleguillas, tendidos y la propia arena donde se mezclan manchas cruentas de espada y de pitón. El rastro que deja puede ser glorioso, si es lento para un burel de bandera, aunque también puede ser de angustiosa urgencia camino a la enfermería.

La verdad entonces está en tener el valor suficiente para exponer la vida con el propósito de crear momentos plásticos, en poseer las cualidades artísticas, técnicas y atléticas que, junto con la fortaleza de carácter, hagan del sacrificio de un toro de lidia la ocasión de trascender a través del recuerdo de su nombre. La verdad está en presentarse sin fullerías al rito de la muerte con la certeza de que saldrá cargado en hombros, o llevado en vilo rumbo al quirófano.

Muchos, cientos tal vez, han sido los matadores muertos por una cornada. Toreros de verdad cuyas tragedias inspiraron a poetas, pintores, compositores y cronistas. Baste recordar al gran Federico García Lorca quien dibujó con palabras la magnitud de la tragedia del toro tras la cogida y muerte de Ignacio Sánchez Mejías el 11 de agosto de 1934. Es el propio poeta quien describe en forma sobrecogedora la agonía de su amigo, pues Ignacio no murió porque la herida haya sido mortal por necesidad, murió de gangrena gaseosa.

El cuarto se irisaba de agonía
A lo lejos ya viene la gangrena
Trompa de lirio por las verdes ingles
Las heridas quemaban como soles
y el gentío rompía las ventanas.


Va por usted…

La fiesta más grande encontró en Sir Alexander Fleming al más taurino de los científicos, pues la infección es mucho más terrible que el toro y gracias a la penicilina se han salvado muchos de alternar con Manolete y Joselito el Gallo. Por ejemplo, Antonio Lomelín, quien el 16 de febrero de 1976 tuvo que detenerse las entrañas con las manos tras recibir un navajazo del toro Bermejo de Xajay.

Hay menos muertos, cierto, pero no debería de haber menos verdad. En la Feria de San Isidro de este año al menos dos de los tres toreros mexicanos que se han presentado pusieron el listón de la verdad muy en alto. Tanto Diego Silveti como Joselito Adame se pegaron sendos arrimones ante los bureles que les tocaron en suerte en las Ventas. Afortunadamente sin pena que lamentar, pero quedó ahí la muestra para los locales y hoy en la decimosegunda corrida de abono, los tres diestros salieron a jugársela en serio.

El ruedo quedó desierto de capotes y monteras pues uno a uno cayeron los toreros ante los pitones de los únicos dos toros, uno de El Ventorrillo y otro de Los Chospes, que se lidiaron. Primero David Mora, que de hinojos recibió en los medios y fue arrollado por el bicho que salió de la puerta de toriles y derramó la sangre del torero sobre la arena. Después, el mano a mano se hizo encierro cuando Antonio Nazaré quiso hacer un quite por chicuelinas y se fue al hule. Finalmente, Jiménez Fortés fue cogido en la suerte de matar y se acabó el festejo.

La faena estaba ahora en la enfermería, donde el médico García Padrós hizo el quite a los caídos durante esta tarde aciaga de feria en la que salió el toro de verdad, el que tiene con qué defenderse y que vale mil veces más que todos los antitaurinos juntos. Parece que el olor a carne fresca los atrae y vienen ya con sus deshumanizadas consignas de infinita crueldad. Se alegran, ni más ni menos, celebran la tragedia, vaya cosa y vaya gente.